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Relato: En el crepúsculo de la vida

Viernes 30 de Mayo de 2003

Ahora que mi vida se agota y que mis piernas y manos se han distanciado de mi voluntad. Ahora que estoy aqui sentado frente las llamas de este viejo hogar ennegrecido que tantos recuerdos me trae. Ahora que tu estás aquí, mi querido nieto, lo único que me queda en la vida junto con esta vieja casa que se cae por momentos...

Ahora. Quiero aprovechar la ocasión para contarte una historia que me ocurrió en mi juventud y que jamás le conté a nadie por miedo a que me tomasen por loco, o que se riesen de mi. Es por eso que te ruego que mientras yo hable vayas escribiendo mi historia en un papel y a mano, sin utilizar esos aparatos modernos que han convertido algo tan silencioso e íntimo como la escritura, en algo estruendoso y frío que hará olvidar al hombre lo que es la caligrafía. Como veo que ya estás preparado voy a comenzar mi relato sin más demora, que el tiempo es mi peor enemigo.

Empieza mi relato en una primavera de hace muchos años, cuando yo era un joven como tu que empezaba a observar como surgían unas curvas en los cuerpos de mis amigas que yo no tenía y que me causaban una extraña sensación en el vientre. En aquellos tiempos, tenía por amigos a Xurxo, Marta y Sabela, a Sabela tienes que conocerla, porque es la madre de María, esa chica en la que tanto te fijas. Los otros se han quedado atrás. En fin, por las tardes, después de terminar los trabajos, íbamos los cuatro juntos hasta "a fraga do raposo", y allí, tumbados en la hierba o subidos a un eucalipto o una acacia, nos contábamos lo que habíamos hecho durante el día y demás cosas de niños que se adentran en el difícil mundo de la adolescencia.

Un día, creo que era miércoles, habíamos estado a punto de no ir porque había empezado a lloviznar, pero al ver que el cielo aclaró pronto y empezaba a hacer calor, decidimos hacerlo, pese a la negativa de nuestros padres. El padre de Xurxo le dijo rotundamente que no, por lo que tuvo que salir por la ventana. Al llegar, como siempre, nos tumbamos en la hierba que no había tenido tiempo de mojarse bajo el amparo de los árboles y durante unos minutos permanecimos en silencio. Era maravilloso estar allí, tumbado escuchando el trino de los pájaros en sus nidos y contemplando el brillo del Sol reflejado en las húmedas agujas de los pinos que se agitaban suavemente al viento. Por el cielo azul intenso paseaba mainamente una pequeña nube de resplandeciente blancura. La primera en descoser los labios fué Marta.

-¿Quieres venir conmigo a detrás de las mimosas Xurxo?
-¿A que? -Preguntó el.
-Ven y ya verás
-De acuerdo.- Marta se levantó y Xurxo la siguió hasta una zona repleta de mimosas en flor a nuestra derecha.
-¿Me dejas que te dé un beso? - Me dijo Sabela con voz trémula. Yo desconcertado le dije que sí, aunque si no lo hubiese estado, tambien se lo habría dicho. Era hermosa, como María.
-No te levantes. -Dijo ella y se me acercó, le mostré la mejilla derecha.
-Así no, hombre. Así hacen los niños. -me sonrojé al instante y dejé que me besase en la boca, al notar la cálida humedad de sus suaves lábios rozando los míos me empezaron a dar vueltas los ojos en todas direcciones, eso que vosotros ahora llamais "hacer los ojos chiribitas", después puse mis manos en sus caderas y las deslicé por debajo de su falda y ... Bueno, no sé por qué te cuento esto, el caso es que un minuto después escuchamos el crujido de una rama y un grito de Xurxo, cuando nos separamos vimos a Marta, que nos había estado observando, corriendo hacia las mimosas, la seguimos y al llegar hasta Xurxo lo encontramos tras una enorme rama de pino que al caer se había partido en tres pedazos.
-¡Mi madre, casi me mato!
-¿Que te ha pasado? -Preguntó Marta.
-Que me acababa de levantar para saber si Marta ya os había convencido para ir al río, cuando se pronto se partió esa rama que veis y me habría aplastado de no haber sido por el empujón.
-¿Qué empujón? -pregunté yo.
-No lo sé, noté como si algo me apartase, cuando giré la cabeza me pareció ver el rabo de un zorro, pero no creo que me haya salvado un animal, un zorro nunca se habría acercado tanto.
-¿Qué os parece si miramos por aquí cerca y de paso bajamos hasta el río? - Comentó Xurxo. Lo seguimos entre las mimosas ladera abajo, yo no me cansaba de contemplar las ramas, rebosantes de hermosos colores amarillos. Cuando habíamos descendido un buen trecho Marta se detuvo.
-Fijaos en esta piedra, hay un hueco detrás de ella.
-Es la primera vez que lo veo -dijo Xurxo, y la verdad es que yo tampoco me había fijado nunca en aquel hueco, pese a haber estado muchas veces a su lado. La piedra en cuestión estaba justo al lado de un montículo de tierra de unos cinco o seis metros de altura, en cuya cima había un tronco podrido por el que algunos días de invierno parecía salir humo de su interior, por ese motivo, la zona era conocida por el nombre de "o pirouco do fume".
-¿Que os parece si intentamos entrar? - Dijo..., no recuerdo quien lo dijo, preo creo que fué Sabela.
-Por ahi no cogemos -añadió Marta resulta.
-Intentaremos mover la piedra -dijo Xurxo con ademán de hombre fuerte.
-¡No seas bruto! ¿Como vamos a mover esa piedra si es mas alta que nosotros? -dije.
-Por probar... -empujamos por la piedra y ante nuestro asombro se movió con facilidad dejando al descubierto la entrada de una cueva. Entonces me di cuenta de que la enorme piedra, estaba encima de otras más pequeñas y redondas que al girar hacían de ruedas.
-¿Qué os parece. entramos? -dijo alguien, a lo que todos contestamos afirmativamente. Entramos con mas curiosidad que valentía y comenzamos a caminar. A diferencia de otras cuevas, esta empezaba muy ancha para después estrecharse y volver a ensancharse. Apenas habíamos caminado un minuto con paso vacilante, cuando en la oscuridad, que empezaba a ser cada vez mayor, distinguimos una bifurcación. Sin saber por qué tomamos por el de la derecha e hicimos bien, porque al superar un recodo vimos la luz de una fogata. En principio tuvimos miedo, al menos yo, pero en un alarde de valentía decidimos seguir andando, cuando llegamos a la fogata, resultó ser el final de la cueva y en una esquina vimos a un hombre acostado en una cama de hojas e hierba. Marta y yo dimos vuelta pensando en empezar a correr en cualquier instante, al menos ese era mi deseo, pero nos detuvimos y nos quedamos, muertos de miedo, eso sí. Xurxo, que parecía ser el más valiente de los cuatro se acercó al hombre y le puso una mano sobre el hombro derecho.
-¿Se encuentra bien? -preguntó. El extraño personaje, que estaba dormido, brincó en su rudimentaria cama y le agarró el brazo a Xurxo, este, asustado no pudo hacer otra cosa que gritar desesperado e intentar soltarse. Me abalancé hacia el para socorrerlo, pero retrocedí, asustado pero con honor. El hombre lo soltó suavemente. Al acercarse y reflejarse las llamas en su rostro vimos que lo tenía totalmente cubierto de pelo rojo y que sus orejas eran inusitadamente puntiagudas y peludas. Marta y Sabela ya se dirigían a la salida atemorizadas y nosotros estábamos apunto de hacer lo mismo cuando nos mostró el brazo derecho con un enorme corte en el antebrazo, desde la parte interna del codo hasta casi las muñecas, ennegrecido e inchado. Me sobrevinieron nauseas, pero conseguí llamar por ellas.
-¿Qué quieres?- gritó Sabela.
-¡Venid que está herido!
-¿Sabes hablar? - le preguntó Xurxo. El extraño ser lo miró un segundo y emitió un ronquido.
-Parece que no sabe. -en ese momento llegaron Marta y Sabela. Marta tomó la palabra.
-¿Que pasa?
-Mírale el brazo. -Dije. En lugar de esquearse como yo esperaba, pidió la atención de Sabela y comenzaron a examinar la herida.
-Esto está muy infectado, tenemos que llevarlo a un médico
-El ser giró ligeramente y todos pudimos apreciar que tenía un rabo grueso, largo y peludo.
-Es como una mezcla de hombre y zorro.- Dijo Xurxo.
-No me parece buena idea llevarlo a un médico.- Añadió Sabela. Se me ocurrió una idea.
-¿Qué os parece si le preguntamos a Don Celedonio cómo se cura la herida y después lo curamos nosotros?
-Bien.
-Perfecto.
-Genial. - Contestaron. Lo acostamos e intentamos explicarle que volveríamos. Creo que nos debió entender, porque cuando nos viño salir no hizo nada. Salimos de la cueva y movimos la piedra.

Al llegar al camino que conducía al pueblo nos encontramos con Don Celedonio por casualidad, que, por si no lo sabes, era el médico del pueblo. Pensamos que debería venir de la ciudad en su Ford recien comprado.
-¿Vais para el pueblo chicos? -Preguntó. -Sí, y precisamente íbamos a hablar con usted. Dijimos.
-Bien, pues subid. -Lo hicimos incrédulos, creo que era la primera vez que montábamos en un coche. Al llegar a su casa, bajamos con aires de gente importante ante la mirada de otros tres chicos de nuestra edad que se morían de envidia al vernos en el coche. Entramos en la casa, en lugar de en la consulta como esperábamos. Estaba lujosamente decorada y amueblada. Nos sentamos en un sofá de cuero negro.
-¿Quereis una taza de chocolate? -Preguntó.
-No, gracias. -Mentí.
-Bueno. ¿Qué me queríais?
-Mire... -Dije yo tomando la palabra.
-Es que... -Me interrumpió Marta.
-Bueno, que hable uno sólo -concluyó-. Tu mismo ya que empezaste. -Empecé contándole cuanto nos gustaba la medicina y sobre todo el poder ayudar a quien lo necesitase, es decir, saber cómo desinfectar unan herida o curar un corte...
-Bien, chicos, dejaos de bobadas y decidme a quien habeis encontrado en el monte. Dijo Don Celedonio con seguridad sorprendiéndonos a todos.
-A nadie .- Contesté titubeante.
-Dejaos de bobadas y decídmelo. Podeis confiar en mi. -Insistió.
-No nos va a creer. -Dije.
-Inténtalo. -Su tono se había vuelto afectuoso.
-Pues encontramos a un hombre peludo y con un rabo como el de un zorro, que estaba herido. -Dije de corrido
-¿Estás de broma? -Su tono no era especialmente hostil, mas bien de sorpresa.
-Sabía que no me creería. -Por un momento temí que nos obligase a contarle una supesta mejor verdad que aquella. y me arrepentí de no haber mentido.
-No, al contrario- Conozco la historia de ese ser -ahora los soprendidos éramos nosotros-. Mirad. Hace años en una cacería, una bala atravesó el testículo de un zorro y esa misma bala siguió su curso y se fué a alojar en la parte izquierda del abdomen de una muchacha que iba a lavar la ropa. Lo más increíble es que la chica se quedó embarazada, casi no hay explicación médica para ello, pero así fué. Yo mismo examiné a la chica y al zorro que finalmente fué cazado. Cuando nació la criatura parecía un ´bebé normal, pero al empezar a crecer comenzó a salirle pelo por todo el cuerpo le crecieron las orejas y se le notaban actitudes salvajes. Un día su madre llegó a casa y no lo encontró, todo el pueblo lo buscó por todas partes y nadie lo encontró nunca, desde entonces, al bosque de donde veníais se le llama "a fraga do raposo".
-Vaya, menuda historia .-comentó Sabela.
-¿Nos ayudará? -pregunté.
-Por supuesto, decidme donde está que yo mismo lo atenderé. -contestó.
-No haremos eso, lo siento, díganos cómo curarlo. -dijimis. Asintió de mala gana, nos explicó cómo deberíamos hacer y nos dió medicamentos y vendas. Le dimos las gracias y partimos hacia la cueva.

Al llegar, descorrimos la piedra de nuevo y volvimos a ver al extrano ser donde lo habíamos dejado. Marta y Sabela empezaron a hacer lo quenos habñia enseñado Don Celedonio, yo las ayudé a endar el brazo y Xurxo se limitó a observarnos a nosotros y el cuerpo de aquel desgraciado y marginado ser. Estuvimos una media hora haciendo las curas.

-¡Apartaos de ese mostruo muchachos! -gritó Don celedonio desde fuera de la cueva. Nos negamos en redondo por lo que nos tuvieron que sacar dos hombres entre patadas y berridos. Una vez estuvimos fuera, los hombres, armados con escopetas, volvieron a entrar en la cueva.
-¡Hijo de puta, nos siguió! -grité al médico.
-Cállate muchacho -Me dijo y me estampó una bofetada que aún parece dolerme al recordarlo.
-¿Qué daño le había hecho? -preguntó Marta mientras Sabela me acariciaba la mejilla.
-Antes no os dije toda la verdad-continuó-, lo cierto es que andes de escapar, había matado a su madre.
-No lo creo, a nosotros no nos hizo nada y no creo que sea capaz de matar a nadie. -durante esa breve conversación los dos hombres armados habían alcanzado el final de la cueva. Escuchamos dos gritos y un disparo. Poco después salió nuestro extraño amigo con el brazo vendado y corriendo. Don Celedonio le apuntó con su escopeta, pero conseguimos evitar que le diese. Mas tarde nos enteramos de que los dos hombres habían muerto. Fué entonces cuando comprendí que si aquel ser había matado a su madre realmente, sería porque esta, lo maltrataba en pos de su deformidad y su instinto hizo lo que habría hecho cualquier persona. ¡Defenderse!

Bien, nieto, esta es mi historia, tan cierta como que mi vida se acaba. De todos modos, que me creas o no depende de ti, pero ten en cuenta que a mi edad, ya no necesito mentir, ni siquiera a mi nieto. Y ahora déjame que quiero acostarme para descansar este viejo y dolorido cuerpo.

Redactado por Fernando Coello el Viernes 30 de Mayo de 2003
Comentarios

Enhorabuna, a mi me gusta esta clase de narrativa muy existencial, filosoficamente hablando, pues pone en conexión el pasado y el presente. Asi es la vida, una suma de momentos que se dan enlazados con el pasado abriendo perspectivas para el futuro.Hoy poco se escribe en la perspectiva existencial, estamos emborrachados por el tecnicismo, ciencias, comer y beber y nos enajenamos del tiempo que existe en nuestro ser. La ambición y el poder toman todo, se olvida de la esencia y existencia humana y vivimos enajenados en la adoración de objetos es el "fetichismo" de una cultura enajenada. Gabriel

Enviado por: Gabriel Lomba Santiago el Miércoles 4 de Agosto de 2004 a las 05:19

Es una interesante historia contada con prisa.

Enviado por: Lois Fernández el Domingo 21 de Mayo de 2006 a las 08:31
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