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El barrio de los malos (¡pobres diablos!)

Martes 10 de Febrero de 2004

Pincha para ampliarLa droga en sí no es un problema irreversible. Es el entorno de la droga, todo lo que rodea su consumo: eso, ese algo imposible de transmitir es lo que te hunde en la miseria. No puedo opinar acerca de su consumo en círculos de gente bien, pues lo desconozco.

De lo que se cuece en círculos marginales, sí. Con media alma puesta en mi barrio de gente bien, y la otra mitad en el barrio de los malos. Voy a intentar ser objetiva, no dejarme influir por sentimientos que, justificados o no, han dejado mella en mí. Y es que la droga, que tan mala prensa tiene, que nos es presentada como el diablo de nuestro siglo, puede resultar para mucha gente el único refugio posible. Se dice, yo misma he dicho siempre que el principal factor que hace que caigas en ese pozo sin fondo es la ignorancia. Sin embargo, ¿puede alguien, en plena posesión de sus facultades mentales, concluir que desea formar parte de ese subgénero humano que forman los drogadictos? Sí. ¿Puede salir, si así lo desea, puesto que su elección ha sido consciente, madura? Posiblemente. Si, posiblemente podrá dejar el consumo. Pero hay problemas añadidos que casi siempre se ignoran en los programas terapéuticos, en los juicios de valor, en las estadísticas. ¿Dónde deja al hijo fruto de un momento de inconsciencia que engendró en un cuerpo que ahora detesta?, y, el drogadicto involuntario ¿dónde deja el odio que ha ido cultivando hacia sí mismo? ¿Cómo averigua en qué esquina se vendió la voluntad? ¿Dónde te guardan el tiempo perdido?
Pasea por el barrio marginal. Si sólo conoces sus historias de lejos, desde la comodidad de no estar involucrado en ellas, seguramente te dirás para ti mismo: ¡qué vergüenza! ¿cómo el gobierno puede permitir esa dejadez moral? Se quejan de no constar en ningún registro decente, ¡pues que trabajen! ¿Cómo dejan a sus hijos la libertad que niegan a sus mujeres? Y ellas, ¿sólo saben prostituirse? Esa realidad escondida, la otra cara de la ciudad que sale a relucir en los momentos más inoportunos, es aberrante. Sí, seguramente ese es el diálogo interior que una persona normal mantiene con ella misma cuando se cruza con el ejemplo de lo que jamás querría ser. Aquí el problema grave (¡o la solución!) es que no se trata de ser o no ser. Nadie nace drogadicto, que yo sepa. No busquen el origen de una adicción en conductas aprendidas, en falta de educación, de información o de salud mental. ¡No! ¿Por qué conformarnos con una explicación tan cutre, tan fácil, tan absurdamente lógica? Hay que aprender a leer los ojos de la gente, a no resignarse, a no querer hacer bandos. Los buenos y los malos. Los trabajadores y los vagos. Los inteligentes y los tontos. Los adinerados y los pobres. Los luchadores y los cobardes. Los fuertes y los vulnerables. Los dignos y los vomitivos. ¿Por qué? No es más bueno el ejecutivo que engaña a su mujer en los supuestos viajes de negocios que el ladrón que la maltrata. Son dos formas de maltrato. Una, bien vista (quizás porque no se ve), la otra mal vista (sobretodo de cara a la galería). Ni es peor padre el que deja a sus niños más tiempo de la cuenta en la calle que el que sólo sabe su nombre por las facturas del colegio privado. Todo se aleja bastante de mis valores morales y, sin embargo ¡cuán cerca estoy de protagonizarlo, a consecuencia de esta sociedad hipócrita! ¿De verdad creen que sólo me distancia de estos hechos el acto de aspirar, fumar o inyectarme un polvo blanco? La droga es un marrón, sí; un marrón físico que presta su nombre a todo un mundo de problemas emocionales. Quitad la droga del Mundo, y veréis que el hombre inventa otra manera de hacer notar lo que no se nota a simple vista. En los barrios tristes, grises, mojados de tantas lágrimas evitables que acaban mezclándose con la lluvia, de callejones estrechos (a veces sin salida), de ropas en el balcón y gritos, muchos gritos (aislados, eso sí) y de secretos a voces se puede cortar la rutina con un cuchillo, se puede oler el miedo reprimido, se puede tragar la rabia. La droga es sólo un elemento más de esas vidas resignadas a sobrevivir. En los barrios enfermos de olvido, el destino de cada persona parece estar escrito (alguien así lo ha hecho creer) y por eso la gente no se molesta en cambiarlo. Cuando se dan cuenta de la realidad, cuando la lucidez decide hacerles una mala pasada y visitarles un día, ya están demasiado sucios. Ya han echado raíces en un cuerpo y un lugar equivocados, ya rieron en su día de las posibilidades de que el cuerpo humano pueda albergar pureza, ya se vendieron por nada, ya se pelearon entre ellos, ya perdieron el juicio, ya enjuagaron sus venas con el veneno que puso a su disposición la parte de la sociedad que quería que desaparecieran. Ya fueron conejillo de indias de sus detractores, del enemigo a quien jamás le vieron la cara, sino el producto que salía de sus laboratorios. Impotencia es lo que me invade cuando veo a jóvenes que se autodenominan rebeldes por el hecho de drogarse, cuando eso es precisamente lo que se espera de ellos. ¡Rebelaros de otra forma, joder, que os están convirtiendo en el vertedero de sus frustraciones! No puedo soportar la injusticia. Dadle a la droga la culpa de la enfermedad, no la de la locura. El hombre no está preparado para afrontar los desafíos, porque relega su capacidad de reacción a una sustancia a la que se le da toda la culpa de la incompetencia humana. Cuerpos destrozados por la enfermedad, almas asustadas esperando una vacuna contra la verdad, no queriendo saber, no queriendo escuchar. Nada de eso ha pasado, todo cambiará.
Huele a felicidad mal entendida, el barrio de los malos. Nadie les explicó la verdad. Me pegarían si intentara explicarles que su sufrimiento no sirve de nada, que todo es mucho más fácil, que les han engañado. No tengo la solución a su problema. Sólo sé cuál es la peor salida: continuar haciendo algo que no te llena. Quitaros las cadenas que os han inventado, y empezad de nuevo.

Redactado por Cristina Castells el Martes 10 de Febrero de 2004
Comentarios

Hola Cristina.

Tu anáisis me ha parecido muy interesante. Tambien quería decirte que esa realidad es sólo una parte del problema. La segunda cuestión pasa en el barrio de los buenos.

Son chicos que van a clase, sacan buenas notas, consiguen un trabajo y se enganchan al prozac y otros antidepresivos. Esto si no acaban como los malos, que tambien es muy probable.

Tienen una vida "normal" pero con todos los problemas que supone la drogadicción; enfermedades psiquicas, sobre todo, y físicas, falta de libertad...

Lo sé porque yo mismo fuí consumidor de cannabis habitual durante un año y pico.

Si quieres profundizar sobre el tema, no dudes en mandarme un mail.

Enviado por: Jorge el Miércoles 25 de Febrero de 2004 a las 12:48

Hola: No sabia si comentar o no este artikulo el cual es bastante interesante. Es un punto de vista de este tema nada habitual. El punto de vista ke suele darse de las drogas siemrpe es malo, lo kual el ke nunka ha konsumido se preguntara porke hai tanta consumision si todo es tan malo? Pero la kosa eske no se trata en si solamente de eso komo bien aclara tu artikulo, esa es solo una cosa mas de las cuantas tiene encima un consumidor. Lei el comentario anterior i dice ke fue consumidor de canabis durante un año i medio o año i algo?? Yo con mis 16 años he consumido muchas cosas i nose, puedo asegurar el placer instantaneo, kmo puedo asegurar el paniko de otras veces. Pero la gente no ve lo ke realmente un consumidor ve, solov e ke las drogas son algo malo i todo akello k lo konsuma peor i no es tan asi, podrian abrirse un poko mas a los demas i asi enterarse bien, ke kmo bien decias Cristina, la peor arma es la ignorancia. Un saludo i me gustaria leer algun artikulo parecido.

Enviado por: Gimena Angeriz el Viernes 5 de Agosto de 2005 a las 12:06
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